¿conejo blanco?
Ignacio Macario Rojas

Bitácora

Notas, lecturas y registros · 3 entradas

nota 1 de julio, 2026
El juego de la fortuna, o cómo se gana con datos cuando no se puede ganar con dinero.

Hay películas que uno ve por una cosa y termina viendo por otra. El juego de la fortuna (Moneyball, 2011) se anuncia como una película de béisbol —sale Brad Pitt haciéndola de gerente deportivo, hay estadios, hay tensión de temporada— pero en realidad, y esto lo digo desde mi terreno, es una película sobre datos. Sobre registrarlos, sobre medir los correctos y sobre atreverse a mejorar con ellos. Todo lo demás es escenografía.

El gancho, eso sí, es una pesadilla presupuestal que cualquiera que haya trabajado con recursos limitados reconoce al instante. En la película se narra como Billy Beane dirige a los Atléticos de Oakland con unos cuarenta millones de dólares; enfrente tiene a los Yankees con más de cien.[^1] No es una competencia, es una asimetría. Y como no puede ganar con dinero, Beane decide ganar con información. Ahí empieza lo interesante, y ahí empieza una escalera de tres peldaños que en GIA repetimos casi como mantra: lo que no se registra no se puede medir, y lo que no se puede medir no se puede mejorar.

Primer peldaño: registrar. Antes que nada hay que tener el dato, y el béisbol resulta ser, quizá, uno de los deportes con más estadísticas de la historia. Cada lanzamiento, cada turno al bat, lleva más de un siglo quedando por escrito. Lo curioso es que ese archivo enorme y aburrido —columnas y columnas de números que casi nadie leía con cuidado— ya existía. Beane no tuvo que inventar el registro; tuvo que darse cuenta de que la materia prima llevaba décadas ahí, disponible, esperando a alguien que se atreviera a leerla a detalle. Es la lección menos glamorosa y la más importante: sin registro no hay nada. La organización que no anota, adivina.

Segundo peldaño: medir, pero medir lo correcto. Aquí está el corazón del asunto, y es puramente administrativo. Según la película, el mercado del béisbol llevaba un siglo midiendo la cosa equivocada. Medían a los jugadores por cómo se veían, por el promedio de bateo, por el prestigio, por la corazonada del cazatalentos. Medir por medir. Beane, con la ayuda de un joven economista recién egresado de Yale, se pregunta qué métrica de verdad mueve el resultado, y decide que no está comprando jugadores: está comprando victorias. Y como las victorias no se venden sueltas, las descompone —los partidos se ganan con carreras, las carreras se producen llegando a base— hasta dar con el indicador que importaba y que a nadie le importaba: el porcentaje de embasado. Eso es redefinir la función objetivo. Dejar de medir lo fácil para medir lo que en serio cuenta. Un tablero lleno de métricas bonitas pero irrelevantes no es gobierno de datos; es teatro.

Me puse a leer un poco del asunto y resulta que la idea no era de Beane, sino de Bill James, un tipo que escribía análisis estadístico de béisbol mientras trabajaba de velador nocturno en una enlatadora de frijoles con puerco en Kansas.[^2] Nadie en el gremio le hacía caso durante años. La métrica correcta estaba publicada, disponible, gratis casi; simplemente la industria no quería voltear a verla. Eso también es dato: la información valiosa casi nunca falta, lo que falta es el permiso institucional para usarla.

Y aquí aparece el enemigo natural de todo esto. La resistencia de los cazatalentos —señores con décadas de oficio que sienten que les escupen en la cara— no es tontería ni terquedad: es el conocimiento tácito defendiéndose del dato. Detrás de ella casi siempre está agazapada la frase más peligrosa de la administración, sobre todo de la pública: "es que así siempre se ha hecho". Cinco palabras que suenan a prudencia y son, en realidad, la coartada perfecta de la mediocridad: sirven para no registrar, para no medir, para blindar el trabajo flojo detrás de la costumbre. Beane hace lo contrario. No pregunta cómo se ha hecho siempre; pregunta si de casualidad se hizo bien alguna vez.

Tercer peldaño: mejorar, y mejorar sin parar. Lo mejor del final es que no hay final feliz de manual. Oakland gana veinte partidos seguidos, un récord de su liga, y aun así se queda fuera en la primera ronda de los playoffs.[^3] El proceso era correcto, el trofeo no llegó. Pero la mejora continua no se mide en un trofeo, sino en que el método se vuelve permanente y se refina: un par de años después los Medias Rojas de Boston adoptan el enfoque —con dinero de sobra, y hasta contratando al propio Bill James— y rompen una sequía de 86 años.[^4] Beane no ganó la Serie, pero cambió cómo se decide en todo un deporte. Esa es la diferencia entre un golpe de suerte y una capacidad instalada: la primera se agota, la segunda se queda y se perfecciona temporada tras temporada.

Le achacan a Drucker aquello de que "lo que se mide se gestiona", aunque por lo que sé nunca lo dijo con esas palabras; y de todos modos se queda corto, porque olvida los dos escalones de abajo. No basta con medir: hay que haberse tomado la molestia de registrar antes, y hay que tener el valor de medir la cosa correcta cuando todo el mundo alrededor sigue midiendo la de siempre. Registrar, medir bien, mejorar. En ese orden, sin saltarse peldaños.

Y quizá esa sea la moraleja para cualquiera que administre con poco: el dato casi siempre ya está anotado en algún lado. Lo escaso, lo verdaderamente caro, es el valor de leerlo de una forma que genere valor.


[^1]: En 2002 la nómina de Oakland rondaba los 40 millones de dólares frente a los más de 125 de los Yankees, entonces la más alta de las Grandes Ligas. Michael Lewis, Moneyball: The Art of Winning an Unfair Game (2003); ver también la ficha del libro en Wikipedia.

[^2]: Bill James escribió sus primeros Baseball Abstract mientras trabajaba de velador nocturno en la planta de Stokely-Van Camp (frijoles con puerco enlatados) en Lawrence, Kansas. Bill James en Wikipedia.

[^3]: Los Atléticos ganaron 20 juegos consecutivos entre el 13 de agosto y el 4 de septiembre de 2002 —récord de la Liga Americana en ese momento— y cerraron con 103 victorias, pero cayeron ante los Mellizos de Minnesota en la serie divisional. Temporada 2002 de los Atléticos.

[^4]: Boston fichó a Bill James como asesor en 2003 y ganó la Serie Mundial en 2004, rompiendo una sequía de 86 años. Entrevista a Bill James, Lawrence Times.

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nota Personal Técnica 3 de junio, 2026
Pequeños e-readers, grandes rarezas.

Hay productos que no buscan conquistar el mundo, solo hacer felices a unas cuantas personas muy específicas. Los pequeños lectores de Xteink son de esos.

No son Kindle, ni Kobo, ni BOOX. No tienen detrás una tienda gigante ni años de pulido. Pero tienen algo que a las grandes marcas se les suele olvidar: una idea fresca.

La idea es simple: un lector de verdad pequeño. No "pequeño" como un Kindle de seis pulgadas, sino de los que caben en el bolsillo de la chamarra, junto al celular. No quiere reemplazar tus aparatos; quiere acompañarte esos minutos sueltos en que tienes ganas de leer y no de revisar notificaciones.

En un mercado de empresas enormes, eso ya es raro. Las grandes mejoran lo que funciona —más resolución, mejor luz, más batería—, pero casi nunca se arriesgan con formatos extraños. Una empresa chica sí: puede sacar algo imperfecto, ver si pega y corregir sobre la marcha. Por eso los Xteink no parecen productos terminados, sino prototipos que ya puedes comprar y usar mientras todavía buscan su mejor versión. (Que existan se lo debemos a China, donde hay fábricas, componentes y prisa de sobra para que una idea chica se vuelva producto.)

Tengo un X3. La verdad lo compré por impulso —de esas compras que uno no sabe bien cómo justificar—, y eso cambia cómo lo veo. Lo saco en una sala de espera o en esos diez minutos muertos. Cabe en la palma, la pantalla no brilla ni vibra, no entra ningún mensaje. Es medio absurdo —una pantalla del tamaño de una tarjeta— y ahí está la gracia: por un rato solo existe el texto.

No lo uso como quien estrena algo perfecto, sino como quien le ve futuro a algo todavía verde. Un aparato terminado te da comodidad; uno inmaduro te da conversación. Te hace pensar "esto podría crecer, podría volverse muy bueno", y mientras tanto ya lo tienes en la mano.

Buena parte de ese futuro está en el firmware. Existe CrossPoint Reader, un proyecto abierto que reemplaza el software de fábrica del X3 y X4 por uno mejor: más formatos, mejor tipografía, sincronización con KOReader. Para cierto tipo de usuario eso lo cambia todo: el aparato deja de ser una caja cerrada y pasa a ser algo que una comunidad puede abrir y mejorar. Hay que aclarar una cosa, eso sí: Xteink anunció que bloquearía el software de terceros, pero sobre todo en sus modelos chinos; los internacionales comprados por canales oficiales siguen abiertos, al menos por ahora. Ese tira y afloja —el fabricante que quiere control, el usuario que quiere trastear— es parte de la diversión.

Lo que más me gusta es que no pretenden hacerlo todo. Hoy cada gadget quiere ser consola, cámara, oficina y red social a la vez; este solo dice "aquí puedes leer", y se agradece.

Al final tampoco es tan nuevo. Como cuenta Irene Vallejo, siempre hemos cargado las palabras como se ha podido: de las tablillas a los libros de bolsillo y ahora a una pantallita de tinta. El X3 vendría siendo el libro de bolsillo del siglo XXI: raro, imperfecto, pero fiel a algo muy viejo.

Por eso me parecen valiosos. No porque puedan competir con un Kindle, sino porque mantienen abierto el juego: la lectura digital no tiene por qué tener una sola forma. A veces la innovación no llega como una gran revolución, sino como un lector diminuto que cabe en la mano y te confirma que leer sigue siendo de las mejores cosas que se pueden hacer con un gadget.

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nota Fotografía 1 de marzo, 2026
Vivian Maier: Mirar es más importante que ser visto.
La conocí por un documental: Descubriendo a Vivian Maier. Me dejó con esa sensación rara de haber encontrado algo que no sabía que estaba buscando. Si no lo has visto, ponlo esta noche, de verdad.

De ahí caí inevitablemente en Vivian Maier: A Photographer Found, el libro de gran formato que terminé pidiendo a Amazon con la excusa de que "era para verlo bien". Es de esos libros que no se leen: se habitan. Lo abres en cualquier página y aparece una calle de Chicago en los años cincuenta, una mirada robada, una sombra que es también un retrato. Las fotos impresas en grande hacen algo que la pantalla no puede: te obligan a detenerte.

En un mundo donde gritamos por atención y exponemos nuestras vidas con la urgencia de quien teme desaparecer si no es visto, Vivian Maier existe como una anomalía activa. Una contradicción con cámara al pecho.

Mientras en Instagram se calcula cada encuadre y se contabilizan los "me gusta" como pulsaciones de un corazón que necesita confirmación externa, Maier caminaba las calles de Chicago fotografiando no para el mundo, sino para nadie. O para ella misma, que quizás es lo mismo.

No hay filtros en su archivo. No hay hashtags ni llamadas a la acción. Hay, en cambio, una mirada simultáneamente cruda y delicada sobre lo cotidiano: un ojo que encontraba geometría en lo accidental, humanidad en lo fugaz, dignidad en quienes el resto aprendió a no ver. De día cuidaba niños ajenos. De noche revelaba mundos propios. O los guardaba sin revelar, que es todavía más extraño.

La pregunta inevitable: ¿y si Maier hubiera tenido cuenta de Instagram? Sus selfies —esas composiciones de sombra y reflejo que anticiparon el género décadas antes de que existiera la palabra— habrían sido sensación. Habrían acumulado seguidores. Habrían tenido colaboraciones. Pero gracias a que eso no sucedió, sabemos algo que la cultura digital prefiere no recordar: el arte no necesita espectadores para ser real.

Su obra apareció por azar, en una subasta de cajas de almacenaje sin pagar, como los mejores hallazgos. Y desde ahí resiste, incómoda, a toda la lógica del presente: la lógica que dice que una imagen vale exactamente lo que miden sus impresiones, que crear sin publicar es casi no crear, que existir sin ser visto es casi no existir.

Maier no buscaba aprobación. Guardaba sus negativos como quien colecciona sueños que no piensa contar. ¿Qué buscaba entonces? Quizás nada. Quizás la fotografía era simplemente su forma de habitar el mundo con más atención que el resto. De preservar la intimidad de lo visto en una época —la suya, también la nuestra— que convierte cada momento privado en contenido potencial.

Y ahí está la lección, pequeña y subversiva: mirar es más importante que ser visto.

En la era del ego digital, eso suena casi revolucionario. Y es, en parte, la razón de que este blog exista: la intuición de que no todo tiene que vivir en redes sociales, que un espacio propio —lento, sin algoritmo, sin métricas que satisfacer— se parece bastante a esas cajas de negativos que Maier nunca abrió del todo. No porque el contenido sea secreto, sino porque hay algo valioso en crear fuera del escaparate.
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